The Map

2008/12/29 No way to slow down

La vida se ha vuelto un poco apresurada con todas las opciones que nos ofrece la tecnología y el transporte para hacer más cosas en un día y de todas maneras nos quejamos de no poder hacerlo todo. Renunciando a casi todo eso, decidí realizar por segunda este año y en total por tercera vez la inspiradora travesía Bogotá – Manizales en bicicleta de montaña. Para los que no leen correos basura les resumo que llegué. Para los que les encantaría hacerla o al menos sienten curiosidad de lo que sucedió esta vez, los invito a leer las siguientes líneas.

 

La estrategia cambió esta vez, empezando por el lugar de salida. La casa de mi prima Efigenia, a quien le adelanto su feliz cumpleaños, fue el comienzo de mis pedalazos. Un frío 26 de diciembre de 2008 a las 07:30 y un buen desayuno dieron comienzo a la jornada. Tomé el desvío a Funza en la glorieta de Siberia en la carretera Bogotá – Medellín para luego tomar la carretera 50 hacia Facatativá como es lo acostumbrado. El arribo al Alto de la Tribuna lo hice con un joven ciclista que se dirigía a Armero ese día y el sábado subía a Líbano para competir el domingo en una válida. Me despedí de él en el desvío a La Sierra, una carretera secundaria 5 km más abajo del Alto.

 

La carretera por La Sierra pasa por diversos corregimientos. El primero de nombre Corralejas es un lugar de paso para seguir a Anolaima; el siguiente es Reventones y por último La Sierra. La carretera tiene pedazos pavimentados hasta ese lugar, no siendo muchos ni muy buenos pero mis ruedas no distinguen. Antes de subir a La Sierra está el desvío hacia Quipile y pensé por un momento que podría llegar a San Juan de Rio Seco por allí, sin embargo me confié en encontrar un desvío en La Sierra y continué. En la Sierra no hay una carretera que baje directamente a San Juan de Río Seco sino que hay que salir de nuevo a la carretera Vianí – Cambao. Desde La Sierra hasta la carretera principal la pendiente es muy suave, hecho que la hace espléndida para subir en bicicleta a Bogotá por ese lado y para completar la vista es magnífica.

 

46 km hasta la carretera principal y empezó el tranquilo descenso a Cambao, allí un poco de comida y continuar a Armero -o lo que queda de él- para empezar a subir hacia Líbano. En Armero ya marcaba el Odómetro unos relajados 165 km con los cuales ya había cumplido la cuota del día. Allí en la carretera almorcé un poco de carne y mucho almidón y a las 16:10 enfilé las ruedas por la carretera a Líbano.

 

Esos duros 33 km hasta la entrada al pueblo fueron menos difíciles que hace 5 meses, quizá la preparación física y que el sol estaba un poco menos intenso por la caída de la tarde; no obstante llevaba muchos kilómetros encima (o debajo) y con el comienzo de la noche y la típica oscuridad, sumadas a una linterna con la misma intensidad que una huelga de luciérnagas hicieron los últimos 8 km lentos y desconcertantes. Arribé a las 19:10 a las puertas de Líbano, valió la pena por el cielo estrellado pero nada más. 

 

Mucha comida y el merecido descanso en Líbano, una noche lluviosa y una mañana oscura no prometían mucho del siguiente tramo, el más difícil pero el que convierte los 198 km del día anterior en un esfuerzo recompensado. Subir por Armero-Líbano-Murillo-El Gualí-Termales del Ruiz-La Enea-Manizales es mucho más difícil que por Mariquita; se parte desde casi la misma altura sobre el nivel del mar pero por este lado se tocan los 4100 m mientras que el Alto de letras apenas alcanzará 3600 m de altura. La carretera es 35 km más larga pero el total de kilómetros desde Bogotá son los mismos trescientos y poquitos más. La diferencia con las dos veces anteriores fue que esta vez la lluvia y la neblina en Murillo no me iban a dejar subir vivo hasta El Gualí. Tuve que quedarme ese día en Murillo y esperar que al día siguiente no lloviera para poder llegar a Manizales el domingo. Tan sólo 26 km ese día y más descanso.

 

El domingo 28 de Diciembre amaneció despejado y el clima dispuesto a dejarme terminar de atravesar la Cordillera, aprovecho para recordarle un año más de vida a Ángela Díaz B. y continúo el relato. Desayuno a las 07:00 y empiezo el recorrido a las 07:30. Lento por los primeros kilómetros, guardando energía por si tocaba correr más arriba en caso de lluvia, pasando por el inofensivo río Lagunilla a 16 km en el ascenso, luego los accidentes geográficos hasta los 4050 msnm en el kilómetro 25 y continuar por 7 km más hasta el Alto del Sifón, en ese momento ya se pasó por el Río Azufrado y el Cráter la Piraña. Del Alto del Sifón a El Gualí hay 10 km más, para un total de 43 km desde Murillo. Fotos para la ocasión, comida para el descenso, guantes y pedalazos de satisfacción al ver el otro lado de la Gran Montaña.

 

Llegar a la Enea por Termales del Ruiz es algo doloroso para los dedos pero es menos aburridor que el asfalto por la carretera pavimentada. Una mordida de serpiente en la rueda trasera y una caída pequeña sobre tierra derrumbada le añadieron barro y diversidad a mi descenso. En Gallinazo ya tenía señal en el celular e hice el reporte tardío de mi excelente situación. Recibí el regaño casi con agrado: Mis anclas en Bogotá y Manizales estaban preocupados porque este irresponsable no reportó completamente su localización en 24 horas. Con tanta endorfina en la sangre uno toma las cosas siempre de buena forma.

 

40 minutos más tarde en mi casa. Almuerzo, baño y los reportes protocolarios a los demás interesados en mi posición global. 3 días para un viaje de 2. Ese día de la lluvia en Murillo según los habitantes del Páramo hizo sol en las alturas pero subir a comprobarlo era un riesgo que mi locura no alcanzaba a correr todavía. La aventura Laguna del Otún – Bogotá me enseñó que una lluvia en el páramo duele hasta la médula ósea y puede acabar las pastillas de freno más rápido que lo acostumbrado. 305 km, 81.79 km para el último día de aventura, 21394 km en esta bicicleta, una preparación de 500 km para este viaje, Tumes que me regaló Cecilia Gil, El nuevo CamelBak patrocinado por Bernardo Salazar y la preocupación de mi papá por mi posible desaparición hicieron que este viaje tuviera más sentido que un simple y loco éxodo a través de las montañas de esta Tierra Verde .

 

Adicto al dolor que causa pedalear tanto, adicto a la endorfina de llegar lejos de esta forma. Agradecido con todos ustedes por lo que han hecho en mi beneficio, A mi tía Cristina quien me regaló ese odómetro que a fuerza de cinta pegante no ha perdido los botones y sigue marcando mis kilómetros con la misma persistencia con que los pedaleo. A mi mamá quien a pesar de mis locuras me recibe con ese cariño y trata de aceptarme como soy. A mi familia porque respetan lo que hago y saben que es imposible impedírmelo. A mis amigos por serlo, A Cecilia por sus regalos, A Bernardo Salazar por sus anécdotas y sus kilómetros y a la vida por seguir viviéndola.

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