Dos mil siete
Diciembre
Día 30
La misma salida a Puebla y el desvío a Amecameca, la joya de los volcanes. A mediodía en el pueblo averigüé lo necesario, compré las raciones y almorcé una pechuga que casi me puede. El morral aunque más liviano adquirió peso con las guarniciones de 4 días. Quizá 13 kg esta vez.
La carretera de Amecameca al Paso de Cortez son 24 km, de 2480 msnm a 4680 msnm en que está el refugio, tan duros quizá como los primeros 28 km de la vía al Magdalena (apto para conocedores). Ahora son 24 km que acumulados con 68 km en la cuenta no favorecen al pedalista y más con ese peso.
Llegar, registrarse y acampar. Fotos de estrellas. 95 km ese día, casi mortales, terminé con un poco de hipotermia y con el gusto de conocer a Julio César y su familia, otro ciclista que en el camino me dio alientos y arriba en el refugio conversamos y compartimos teléfonos. El lugar, arenoso y ceniciento, con la puerta hacia el Este para recibir el sol en la entrada… esa noche, la primera, se sintieron los coyotes aullando cerca. Suenan como sufridos lamentos pero a la vez una proclama de territorio. Y yo con mis salchichas abiertas…
Dos mil siete
Diciembre
Día 31
Se acaba este calendario, Efigenia con un año más encima, a quien recuerdo en esta historia. La calurosa bienvenida de la helada y yo más zombie que siempre desperté y con modorra organicé todo para ese día.
Ligero de equipaje, me encaminé al N a buscar las cumbres de Iztaccihuatl, la Mujer Blanca. 8 km por una carretera difícil por la arena-ceniza que desvía un poco las ruedas de su curso e impide su desplazamiento. Popocatepetl me observaba, yo dándole la espalda a él y a su nube, siempre esperando una de otro color o un temblor de furia. Até mi bicicleta a un kiosco donde la señora muy amablemente me la cuidaba. El lugar llamado La Joya está a 3990 y allí empieza el sendero para subir a Iztac. No llevaba botas, sólo mis zapatos de ciclismo, y sin quitar las calas emprendí el ascenso. Comida suficiente para 2 horas y media de camino, ya que no conocía la ruta asumí el tiempo de subida igual al de bajada, ya eran las 12.50 y debía estar antes de anochecer refugiado.
Tan liviano de peso y con una que otra pérdida de senda, alcancé a otros osados escaladores que con peso completo se aproximaban a la cima. Me puse un poco fresco para no sudar la camiseta y más arriba, por encima de los 4300 msnm el frío me obligó a ponérmela de nuevo. Viéndola como una mujer acostada con la cabeza al Norte, uno sube a los pies por el pie derecho y a medida que sube a las rodillas, flanquea la pantorrilla por el Este y el Oeste. Hay un pequeño refugio a 4720 msnm, desde más arriba unos escaladores hicieron barra para seguir subiendo, por mi falta de equipaje me preguntaron el destino, ya siendo las 15.00 les dije que subía media hora más. Así hice, y fue mejor escalar por las rocas gruesas que llenarme de piedritas por el empinado sendero. A las 15.30, con las nubes ascendiendo a 4800 msnm, abrí mi almuerzo y lo comí, dejé una Milky Way (va llenita la ballenita) para una emergencia en la bajada, que fue fácil y en 1:30 estaba abajo, un poco triste porque al volver la vista atrás (se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar) vi la montaña despejada. Mis zapatos, que no son para caminar de esa forma sufrieron más de lo necesario y acumularon más piedras de las que pensé. Compré un refresco de soda a la señora que cuidó mi bicicleta y me despedí de los montañistas con los que crucé camino. Arrieros somos…
Por primera vez en mi vida subo hasta esas alturas, ya sé que el Ruiz me espera. Hay que hacerlo despacio, con reservas de comida y tiempo y con buen equipo. Por último un descanso merecido, está bien no hacer cumbre cuando la precaución está primero en la lista. Esa noche, última del calendario, no hubo juegos pirotécnicos, ni explosiones ni abrazos. Esa noche dormí tranquilo como me gusta dormir. Las celebraciones familiares no son lo mío, a mi familia la llevo en mis viajes y en mis pensamientos y ellos saben que no es un día del año sino todos en los que pienso en ellos. La soledad tiene la ventaja de una sobra de tiempo para pensar en muchas cosas.
Entonces, ¿al final está uno solo?
Dos mil ocho
Enero
Primer cajón del calendario
La noche no estuvo tan normal, el viento sopló duro esa mañana y a eso de las 11.00 los kioscos hechos de palos y costal habían desaparecido por el feroz viento que soplaba de E a W. Cansado salí a montar por ahí cerca, la cantidad de gente no me dejaba tranquilo con mis cosas en la seguridad de una tienda. Una pequeña cascada y el final de un camino me dieron la vuelta y a las ruedas de regreso.
La tienda se estaba llenando de arena y ceniza, la moví y puse con la puerta hacia el W, el Poniente, bajo un árbol de suave olor a trementina. No quise rodar o salir más ese día porque la ventisca era muy fuerte y no quería respirar ceniza volcánica.
Datos de los volcanes: El Popocatepetl, voz que significa Montaña que humea, tiene 5480 msnm, es un volcán activo que mantiene fumarola y emite gases tóxicos, según el encargado del parque, el gas más letal es el vapor de Mercurio, que es azul. El paso al volcán e incluso al viejo refugio de Tlamacas esta vedado. Sus faldas son muy pendientes y me imagino que se requiere equipo especial para escalarlo. El paso de Cortez está a 2 km en línea recta del cráter. Por ello siempre me pareció un poco ilógico el bloqueo al paso ya que para un volcán en erupción, 2 km es apenas el tiempo de la alarma de evacuación.
Iztaccihuatl significa Mujer Blanca, alcanza 5240 msnm y por lo que vi es sólo una montaña alta, no tiene cráteres ni humea. Es también muy pendiente y un camino amplio para subir es difícil por las condiciones del suelo. Tiene glaciares al Norte y varias cumbres que parecen de lo lejos las partes de una mujer acostada boca arriba.
Ya sin ceniza en la tienda un descanso inclinado pero de todas formas un alivio en medio del campo. El viento rugió duro toda la noche, incluso una vez me despertó; del árbol caían constantemente sus semillas de conífera.
Dos mil ocho
Enero
Segundo día
A las 7 de la mañana tocamos la puerta del refugio para entrar. Un sujeto se disponía a subir temprano y yo quería desayunar en un lugar más tibio porque esa noche también cayó helada. El viento no menguó e incluso aún tenía fuerza a esa hora. Después de las heladas las dos montañas aparecían más blancas esa mañana y un poco de nostalgia por mis botas de caminante que dejé por el peso hizo mella en mi tibio y triste día de regreso.
¿Cuánto vale no regresar al DF y su variedad de hedores? ¿Cuánto cuesta el silencio, la tranquilidad, el frío y el paisaje?
Con todo empacado el problema era el descenso, mucha velocidad y mucho frío duelen en los dedos. La subida que pensé sería un alivio o una ventaja en tiempo al regreso, me hinchaba los dedos al punto del dolor. Perdí las energías del desayuno tan sólo en las calistenias y en Amecameca de suerte encontré unos palos ardiendo que bajaron un poco la sensación de perder éstos que ahora escriben.
Más allá, en los demás pueblos que se cruzan el problema seguía en los pies, no sentía las plantas y los dedos dolían como las manos en la bajada. Con el sol muy arriba y muchos más kilómetros encima (o debajo) el frío se perdió entre las vueltas de cadenilla y las paradas cortas a comer. Al volver la vista atrás las blancas montañas de las que venía no se alcanzaban a ver.
En la entrada a México quise cortar camino por otra avenida y al hacerme el creativo hice 5 km más que en la ida, un baño y comida fueron suficientes para venir aquí y escribir todas estas palabras.
Yo no pensé soportar el clima y la altura, no tengo buen historial respiratorio, incluso podría dudar un poco de mi corazón pero creo que mis índices de motivación están por encima del promedio. Es la perseverancia en cada pedaleo lo que nos lleva lejos, aunque lento a veces. Al andar se hace camino.
Espero les haya gustado.
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